La búsqueda de la piedra filosofal

El anciano se sentía vulnerable y agonizaba. Su frente estaba perlada de sudor, y se sentía al borde de aquello que consideraba terrible, su propia muerte. Sus amigos y discípulos rodeaban su cama. Los veía y sentía que al menos su existencia había tenido algún sentido.

Entonces uno de ellos, al verlo gemir, se aproximó y le tomó la mano. Lo tenían por un gran maestro, un diestro químico que había vislumbrado los secretos de la naturaleza y mucho más allá. Era natural que, al verlo partir, le preguntaran aquello que más les interesaba. Y aquel discípulo, al que se le sumó el resto, dijo: “maestro, cuales son los secretos que habéis alcanzado tocante a la Crisopeya”.

El pobre anciano, cuyo nombre era Bernardo Penoto, se incorporó muy levemente, y reuniendo los rescoldos de fuerzas que le quedaban, les dijo sin dudarlo un segundo:

Amigos, no tengo otro secreto que fiaros sino éste; que si tuviereis algún enemigo poderoso, a quien queráis destruir, procuréis inspirarle el deseo de buscar la Piedra Filosofal. Este es el mayor mal que le podéis hacer

Horas más tarde expiraría habiendo llegado a los cien años de existencia.

LA ALQUIMIA: LA HISTORIA Y SUS PERSONAJES

Esta historia que relaté debería ser una fuente de inspiración para todos los lectores amantes de este secreto, escurridizo y engatusador arte de la alquimia.

El camino alquímico es ciertamente complejo. No por nada, diversos pensadores en la historia se han extraviado al transitarlo.

Si una persona común y corriente, como somos todos los seres humanos en un casi 99%, intentamos penetrar el velo que cubre las alegorías alquímicas, podremos tomar dos o tres caminos siempre: pretender que podremos descifrar el secreto y empeñar la vida resolviendo galimatías antiguos; tergiversar lo leído y sacar una nueva disciplina psicológica y/o espiritual; o, lo que es más peligroso, trabajar con dos o tres operaciones y considerar que ya se ha resuelto todo el misterio y autocoronarse adepto para tener discípulos en la hora final.

Pero vamos a analizar la vida de los ilustres alquimistas, para rematar con el más grande de todos, y padre de la moderna química, Robert Boyle.

ALQUIMISTAS ¿QUIENES FUERON? ¿REALMENTE LO LOGRARON?

Es sencillo suponer que la Obra la realizaron muchos alquimistas en la historia. Están, por algún motivo, sus tratados y eso debería ser suficiente justificativo para demostrar al mundo que ellos lo lograron. Pero ¿realmente es así? ¿Debemos seguir fielmente sus enseñanzas? ¿Qué otra cosa oculta la historia de los más famosos alquimistas?.

Veamos los estudios de Benito Jerónimo Feijoo, un pensador excepcional pero bastante escéptico.

Ramon llulDe Ramón Lulio se dijo muchísimo. Que estuvo viviendo una vida de excesos hasta que un amor marchito lo enderezó en sus aventuras y se dio a monje.

Lo cierto es que se dice que, en Londres, en presencia del propio Rey de Inglaterra, fabricó oro inmejorable, y que con aquel oro diseñaron unas monedas en honor suyo.

Pero, ¿esto fue verdad?.

Ciertamente cuando estudiamos esta historia, notamos algo del todo revelador. Que la leyenda de la fabricación de oro delante del Rey fue presentada casi dos siglos después de que Lulio viviera, por Roberto Constantino, médico de Caen en Normandia.

Huelga decirlo: todos los demás autores que citan como verídica la misma, se basan en lo que este médico señaló. ¿Debemos considerar real lo que nos dijo Roberto Constantino cuando vivió dos siglos después, y rechazar la evidencia de los autores ingleses que en la época de Lulio no hicieron mención alguna sobre transmutación alquímica?

Este silencio, elocuente y revelador, por parte de los autores contemporáneos a Lulio, ya nos dice mucho.

Nos dice todo.

arnaldo vilanovaAlgo semejante ocurre con Arnaldo Villanova. Según algunos juriconsultos, citados por Beyerlink en el Teatro de la vida humana, y por el P. Delrio en las Disquisiciones Mágicas, mediante el Arte Alquímico produjo algunas varillas de oro, las cuales públicamente ofreció en Roma a todo examen.

Pero dejemos que sea Feijo quien lo diga mejor con esta pregunta:

“¿Pero cómo es creíble que siendo tan público el hecho, el Sumo Pontífice, que reinaba entonces, no se aprovechase, siéndole tan fácil, de la habilidad de Arnaldo en beneficio de la Iglesia, juntando para ella inmensos tesoros? En conciencia debía hacerlo; y pues no lo hizo, es claro que no dio Arnaldo las muestras que se dice de su habilidad; y que los Jurisconsultos, que se citan, no tuvieron otro testimonio del hecho que alguna hablilla vulgar.”

Pero volvamos más a estos tiempos.

ParacelsoEl nombre Paracelso brilla con fervor entusiasta por cientos de practicantes de alquimia. Se lo considera una eminencia en el Arte transmutatorio y en otros artes médicos y espagíricos.

Lo cierto es que pese a ser el creador del mito de la Panacea y curar a muchos enfermos mediante sugestión y estados alterados de conciencia, haciendo placebos, aquel hombre murió prematuramente en una cama infecta de algún lugar sin nombre.

Tanto propugnaba que curaba tantas enfermedades, que la suya parece que no pudo detenerla. Feijo, impecable en su análisis, nos dice:

“De Paracelso no hay otro testigo que su discípulo Oporino, el cual refiere muchas cosas increíbles de su Maestro; fuera de que no dice que jamás le viese transmutar algún metal en oro, sí solo que anocheciendo algunas veces pobrísimo, le mostraba por la mañana algunas monedas de oro, y plata, como que las había hecho por el arte de la Alquimia. ¿Pero de dónde sabemos que Paracelso no tenía aquellas monedas escondidas, para ostentarlas a su tiempo a Oporino, y hacerle creer que poseía el secreto de la Piedra Filosofal, como quiso hacerlo creer a todo el Mundo? Hay tan poco que fundar en todo lo que dijo, y escribió Paracelso, que es excusado detenernos en esto. Los Autores que se jactaron de poseer la Crisopeya escribieron de este arte en jerigonza: Paracelso escribió también en jerigonza la Medicina.”

Ahora yo pienso en lo  que decía Oporino, de verlo en las noches sin un centavo, muy pobre, y al otro día con monedas de oro.

A lo sumo, si transmutara, tendría pepitas de oro, pero ¿acuñaba las monedas con el oro?. Yo lo veo un poco más terrenal: en las noches iba por las calles en busca de ese oro, sea robándolo, estafando, en el juego, lo que sea que materializara aquella moneda ante su crédulo discípulo.

Otro alquimista éxotico fue Bernardo Trevisano.

Bernado TrevisanoLos alquimistas modernos lo citan como un ejemplo de perseverancia : tras pasar toda su vida en busca de la Gran Obra, perder toda su fortuna, a una edad avanzada pudo descubrir el secreto de sus desvelos.

Pero una vez más, Feijo es intachable:

“En orden a Bernardo Trevisano, o Conde de la Marca Trevisana, no sé que conste el que supo la fábrica artificial del oro, sino de que él mismo lo dice en el libro de Secretissimo Philosophorum opere Chemico. Y no pienso que estemos obligados a creerle sobre su palabra; mayormente cuando en aquel escrito da bastantes señas de Autor vano, y mentiroso. No es menester para el desengaño más que ver los Autores, o libros supuestos que cita, como las Crónicas de Salomón; las Pandectas de María Profetisa; el testamento de Pitágoras; la Senda de los errantes, escrita por Platón; no sé qué breve tratado de Euclides; el libro de un Aristeo, que dice gobernó todo el Mundo diez y seis años, y que fue el más excelente de todos los Alquimistas, después de Hermes. Donde se ha de advertir, que cuanto dicen los Alquimistas de estos, y otros Autores antiquísimos que trataron de la Crisopeya, es invención, y sueño. El célebre Médico de Lieja Herman Boerhave, que examinó con cuidado esta materia, dice (in Prolegom ad institu. Chemmiae) que el Autor más antiguo que apuntó algo de la Crisopeya, fue Eneas Gasero, el cual floreció al fin del quinto, o al principio del sexto siglo de nuestra Restauración; y el primero que trató doctrinalmente esta materia fue Geber, o Gebro, que unos hacen Árabe, otros Griego, y floreció en el séptimo siglo.”

Pero quizá el más destacable de todos los alquimistas, citado y ensayado por varios, sea Nicolás Flamel, vecino de París, que vivió al principio del siglo decimoquinto, y se jactó también de poseer el secreto de la Piedra Filosofal.

En mi visita a Francia pude pasar por aquel viejo callejón donde moraba este misterioso hombre. Algunas imágenes tomadas por quien escribe esto:

FlamelFeijo nos da su síntesis sobre Flamel con estas palabras:

“Fue quien, entre todos los pretendidos adeptos, tuvo derecho más aparente para ser creído. La-Croix Dumaine, citado en el Diccionario de Moreri, pinta muy hábil a este hombre, pues dice que era Poeta, Pintor, Filósofo, Matemático, y sobre todo grande Alquimista. En el Cementerio de los Santos Inocentes, donde fue enterrado, dejó una tabla pintada al oleo, donde debajo de figuras enigmáticas, dicen están representados los secretos que había alcanzado de la Alquimia. Lo principal, y lo que más hace al caso es, que al paso que los que se jactan de saber el gran secreto de la Piedra Filosofal, por lo común son unos pobres derrotados, que en su desnudez traen el testimonio de su falsedad. De Nicolás Flamel se sabe que llegó a tener el caudal de más de quinientos mil escudos, suma prodigiosa para aquella edad. Sin embargo, algunos Autores Franceses de buen juicio descubrieron en esta adquisición de bienes otro secreto muy distinto del de la Piedra Filosofal. Dicen que Flamel, teniendo manejo en las Finanzas, ganó tan grueso caudal con robos, y extorsiones, especialmente sobre los Judíos del Reino; y para ocultar los inicuos medios por donde había llegado a tanta riqueza, y evitar el castigo merecido, fingió deber aquellos tesoros al secreto de la Piedra Filosofal. ”

Pero seamos justos: no hubo evidencias de que haya procedido de forma ilegal Flamel. Por el contrario: quizá su fortuna provenga de su ingenio para las finanzas.

Sain GermainAhora bien, la fábula de Saint Germain es bien conocida por todos para evitarnos referirla in extenso.

Al parecer, aquel conde, luego de penetrar en todos los secretos del universo sensible y no sensible, desapareció de la faz de la tierra, para , de vez en cuando, hacer gala de su misteriosa presencia con algunos afortunados.

Algo que, analizado con un poco de sentido común, no deja de provocarnos una benevolente sonrisa, por la ingenuidad con que se nos sirve este plato caliente. Para mayor información sobre Saint Germain leer las Memorias de Casanova.

Allí un contemporáneo, Casanova, lo conoció y puso por escrito su impresión sobre este singular personaje y que podría resumirse en que era un fantástico charlatán.

Pues bien, los alquimistas modernos no le van a la zaga a tales antiguos “quemadores de carbón”.

De hecho, muchos de ellos han intentado mantener una vida disciplinada emulando a los antiguos, con el afán de lograr la famosa Piedra Filosofal. Así, es de notar que muchos modernos alquimistas son bohemios, solitarios, taciturnos, meditabundos, con un gran amor por el pasado antiguo y las mitologías.

Y también tienen la contracara: son engatusadores, timadores, ladrones, manipuladores, y en fin, unos psicópatas en potencia capaz de engañar al género humano con tal de obtener fama y riquezas.

MODERNOS FILÓSOFOS DEL FUEGO

fulcanelli

Por más que duela reconocerlo: no hubo un alquimista moderno –salvo las forzadas leyendas y mitos Fulcanellianos, que ya se ha visto de donde provienen – que lograra completar la Gran Obra.

Y aun así, (pese a que tener éxito en algunas de sus etapas no constituye el fin) muchos alquimistas se lanzaron a redactar sus propios escritos alquímicos supuestamente reveladores (¿reveladores de qué, si ellos mismos no lo lograron?); y en muchos casos con sentencias ambiguas y un florido repertorio metafísico: nada más alejado de lo que pretende el alquimista auténtico.

Analicemos algunos de los modernos alquimistas y luego saquemos una o dos conclusiones.

Louis cataixLouis Cattiax por ejemplo.

Elogiado y admirado por todos. Y sin embargo… Ya desde la propia pluma de quienes lo conocieron en persona nos decían que “le gustaba impresionar e incluso escandalizar”.

O “a menudo charlatán y bufón” (Los Alquimistas del Siglo XX, G. Dubois).

Este hombre, bohemio y pintor, estuvo cerca de 14 años para escribir El Mensaje Reencontrado, la obra de su vida.

Un libro (compuesto de 40 libros o capítulos) que, huelga decirlo, era profundamente esotérico, teñido de una ascesis que este hombre definió “más que una filosofía y que una mística. Aquí está la llave de la restitución del hombre y del mundo en Dios”.

Un argumento atractivo y que cautiva la imaginación de los idealistas, y que, en otra época, me hubiera conmovido. Ya no.

Y dejando de lado su análisis (que consideramos propaganda mística y metafísica de la de costumbre) no corresponde con lo que el alquimista buscaba en su laboratorio, al fuego del hogar: penetrar los secretos de la naturaleza para lograr la Crisopeya.

Escribir, se ha visto, todos podemos hacerlo, y con un gran sentido de orden y eficiencia. Pero ¿la letra es acaso la Verdad?. Hemos visto muchos libros que, como de costumbre, en lugar de revelarnos algo, lo único que promueven es la esclavitud intelectual por más que en sus hojas se propugne lo contrario (ejem: Urantia).

Y cuando analizamos un poco la vida de Louis Cattiax notamos una constante: que era la clase de hombre “separado” de la sociedad – y de poco crédito – que necesitaba imperiosamente lucirse, pero no podía; he ahí por qué escribió su libro:

“Pues por el momento soy para ellos un motivo de duda y piedra de escándalo, cosa que es muy normal después de todo. Es esa misma gente la que más tarde querrán servirse de mi o de El Mensaje Reencontrado, para acogotar a sus hermanos, como siempre sucede también”.

Es decir, que ya previa lo que iba a conseguir con su libro. Algo que, en definitiva, no nos es ajeno a ninguno: trascender nuestro nombre o nuestras ideas en la eternidad. Y las letras siempre han sido un elegante instrumento para lograrlo.

gifredaOtro ejemplo en los alquimistas modernos es el caso de José Gifreda, “el Mago Gifreda”, como le llamaban. Un hombre que vivió la vida de los antiguos alquimistas, apartado de las vanidades del mundo.

Este personaje decía poder comunicarse con espíritus o con “El invisible” que le “ hacia participe de los últimos mensajes que había recibido del Más allá” (G. Dubois, Op Cit).

Y sin embargo, pese a estas “noticias” que le llegaban del Otro Lado, este hombre, como tantos, no pudo consumar la Gran Obra, apenas si alcanzó a preparar el que llamó Mercurio Filosófico.

¿Paradójico verdad?. Este hombre decía que todo lo había aprendido de Henri Coton-Alvart. Veamos, pues, quien fue aquel hombre.

Coton-avartSe podría afirmar que H. C. Alvart fue un buen inventor. Era ingeniero químico, y estuvo ampliamente participando en la revista Atlantis, codeándose con la flor y nata del ocultismo como René Guénon.

En 1935 se alejó de todo y se consagró a la Gran Obra que, al parecer, finalizó con éxito.

Pero este hombre brillante tuvo un iniciador. Nada menos que la mente que dio a luz –en manuscritos y bocetos- a la obra de Fulcanelli: Pierre Dujols, cuya erudición es algo indiscutible.

Quizá estos dos hombres, H. C. Alvart y P. Dujols hayan sido unos de los pocos alquimistas que verdaderamente sabían de lo que hablaban.

Y sobre todo: mantuvieron un excepcional sentido crítico ante afirmaciones fantasiosas o espiritualistas como las que en su día hizo René Guenón.

De Guenón dejó dicho Alvart en una carta:

“Esta manera caprichosa de presentar el hermetismo puede encontrar por desgracia el terreno abonado en determinados espíritus carentes de sentido crítico”

Y es que Guenón pretendía presentar a la alquimia –como muchos “ocultistas” hoy día se han contagiado – como una ciencia “puramente espiritual y totalmente interior”, en donde las transmutaciones, si las había, eran producidas “como consecuencia accidental por una especie de proyección hacia fuera de las energías que llevan en si mismos” (cita textual de Guenón)

Teoría escandalosa, totalmente falsa y que no tiene nada que ver con lo que buscaba el alquimista en la antigüedad.

Pero, aun así, debemos reconocer que no sabemos a ciencia cierta si Henri Coton-Alvart pudo lograr la Gran Obra o si, como su iniciador, Dujols, fracasó en el intento.

Lo cierto es que, como Dujols, no dejó prácticamente nada escrito que lo corroborara. Y si logró descubrir algo se lo llevó a la tumba, como todo hombre que se precie debería hacer con secretos que no todos deberían acceder.

Por eso, si esperan encontrar en un libro la “receta” de la Piedra Filosofal, están extraviados. Sólo tendrán, a lo sumo y siendo los más generosos, un hilo de Ariadna. Y de ahí podrán salir del laberinto, que no es poca cosa, como muchos sé que lograron merced de la ayuda de auténticos alquimistas que viven en el anonimato.

Es así que, dignamente, debemos plantearnos la pregunta.

¿En verdad existió alguien alguna vez que haya penetrado verdaderamente en los abismales secretos de la naturaleza? Un microbiólogo, un biólogo de la evolución, o un físico, ¿acaso no lo hace a diario?.¿Acaso el descubrimiento del ADN no es llegar hondo en la naturaleza?.

Lo más triste de la búsqueda de la Piedra, como confiesan los propios alquimistas, es que entre millares de hombres que con gran dedicación anduvieron toda su vida tras su búsqueda, solo un puñado la halló, y no dejaron testimonio de este descubrimiento.

Parafraseando a Feijo:

“¿Quién, pues, verosímilmente se puede persuadir que ha de ser de aquel número escaso de felices, y no antes de la inmensa multitud de desdichados? ¿O quién prudentemente se meterá en un negocio, donde de mil uno se hace rico, y todos los demás no sacan otro fruto de su fatiga que verse reducidos a mayor pobreza?”

Creo que todos los alquimistas tendrían que tener muy bien presente lo que dijo Bernardo Penoto – aquel gran químico creyente en la Piedra Filosofal con el que inicié este artículo- en el momento en que estaba pronto a morir, casi a los cien años.

Porque lo que les dijo, es un calco de lo que dijo Mr. Duclos, médico de París, que murió de ochenta y siete años, y visitaba muy pocos enfermos por gastar todo su tiempo y energía en el estudio de la Crisopeya.

Sin un maestro consumado o una revelación (fruto de años de meditación) el camino se reviste de las más oscuras tinieblas.

ROBERT BOYLE: EL ALQUIMISTA PRECURSOR DE LA CIENCIA MODERNA

robert boyyy

El amor de Robert Boyle por la alquimia es algo que siempre ha chocado a los cruzados de la química y ciencia empírica moderna.

Uno de ellos, Richard Boulton (1697 -1724) autor de numerosos tratados de medicina, publicó los trabajos de Robert Boyle , en especial su clásico, El químico escéptico, pero cercenando el apéndice titulado Producibleness of Chemical Principles, donde defendía ideas sobre la Crisopoeia, esto es, la transmutación alquímica.

Si no fuera por los trabajos de varios que restauraron la alquimia, por ejemplo The Aspiring Adept de Lawrence M Principe, y los trabajos de varios grandes como Antonio Clericuzio, William Newman, Hiro Hirai, Michael Hunter, y Hideyuki Yoshimoto, la visión que tuvo en su día Robert Boyle sobre la alquimia habría sido mutilada.

Se lo habría puesto en el mismo pedestal que a Lavoisier porque, después de todo, fue uno de los fundadores del método científico y estableció la noción de los elementos. La gran biografía de Roberto Boyle, escrita en 1734, a cargo de Thomas Birch, no deja de mencionar los intereses y trabajos de Boyle relativos a la transmutación, aunque se abstiene de usar posteriormente la palabra alquimia.

Por eso, la aversión de la ciencia a la alquimia hizo que el editor de los papeles de Boyle, Peter Shaw, eliminara toda alusión alquímica en sus escritos, ordenando sus trabajos que serían utilizados como fuente primaria de estudio.

Pero quienes se han sumergido en los papeles de Boyle, numerosos escritos muy interesantes y que incluso enseñan el método de la transmutación, no ha podido sino toparse con evidencias del todo claras de su interés y pasión por la alquimia.

El problema que se enfrentaron es que tampoco comprendieron sus escritos, porque había asimilado tanto del saber alquímico que escribía sus textos con códigos oscuros. Es decir, en la jerga de los alquimistas.

Por eso, hablaba de Júpiter (estaño) o escribía frases como “tómese extracto de Nigerus a partir de Banasis y Dakilla”, que significaba extracto de mercurio a partir de antimonio y cobre.

Pero los recientes trabajos de los autores señalados, en especial los japoneses, pusieron en su lugar a Boyle por quien realmente ha sido: un hombre profundamente devoto de Dios, negador del materialismo de Hobbes, que nunca se casó, murió virgen, y en virtud de su posición económica pudo dedicarse toda la vida a la ciencia.

Y para Boyle estaba claro una cosa: su interés por la alquimia radicaba en el hecho de que intuía que la misma podía ser un puente entre el mundo espiritual y el mundo de la naturaleza donde él vivía.

Quizá la llave de la alianza entre Dios y la Ciencia.

LA TIERRA ROJA DE BOYLE

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Vitriolo o Sulfato de hierro llevado al rojo por quien esto escribe

¿Pero lo logró Robert Boyle, que estaba en pleno contacto con los más notables alquimistas de la época, como George Starkey e incluso el propio I Newton? (aunque esté último no tuvo mucho intercambio con él y se lamentaría más tarde).

En efecto, Boyle logró la Piedra Filosofal a la que llamaron, en código, “tierra roja”.

Por eso, un mes después de su muerte, Newton le envió una carta a J Locke, amigo de Boyle, en la que decía :

“ Entiendo que el Sr. Boyle nos hizo partícipes tanto a mi mismo como a usted de su proceso respecto a la tierra roja y el mercurio, y que, antes de morir, procuró tierra roja a alguno de sus amigos”.

Se denota lo ansioso que estaba Newton por saber si alguno tenía la tierra roja, porque todos sabían que al fin y al cabo era la mítica Piedra Filosofal.

El proceso de cómo hacerla lo expone en sus escritos, y una buena referencia del proceso lo encontramos en el moderno libro danes de Alkymiens Mysterier. En breve, espero publicar algo mucho más acabado.

 

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